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A vueltas con los SWAPS

Tras nuestro último post sobre riesgos de intereses, en los últimos días han aparecido varias noticias sobre los SWAP´s, con un enfoque más de prensa amarilla que salmón. Y como siempre, todo es según el color con que se mira.

En los SWAP´s, una compañía puede “intercambiar”, con una entidad financiera un tipo variable por un tipo fijo, con lo cual cubre el riesgo de posibles subidas de los tipos, o un tipo fijo por uno variable, con lo cual puede aprovechar posibles bajadas de tipos. Y hablamos siempre de posibles, es decir, de la expectativa racional y razonada que tiene la compañía frente a la evolución futura de tipos.

Entiendo que se está pretendiendo demonizar una herramienta de aseguramiento del riesgo de interés, tan válida como otra cualquiera, pero con unas características peculiares. Mientras que en el CAP que veíamos en la entrada anterior se realiza un pago inicial único y nos olvidamos de costes posteriores, como si pagáramos la prima de un seguro cualquiera, en el caso del SWAP no hay gasto inicial. Los pagos (o cobros) se realizan en el futuro por diferencia entre el tipo fijo pactado y el tipo variable que se pueda producir. En el caso de una empresa que cambia un tipo variable por uno fijo, si el tipo de mercado es superior al fijo asegurado, la entidad deberá abonar la diferencia a favor de la compañía que adquirió el SWAP. Y si el tipo de mercado es inferior al fijo pactado, la entidad cargará la diferencia que se haya producido. El resultado final es que la compañía, que tenía un coste variable en sus financiaciones, acaba pagando el tipo fijo que cerró con la entidad. Es decir, no tiene incertidumbre, ni riesgo por lo tanto, en el tipo de interés que va a pagar.

Recordemos que en 2006 los tipos de interés comenzaron una evolución al alza que llevó al Euribor a 12 meses desde el 2,85% de inicios de 2006 al 4,03%, a inicios del 2007 al 4,73% a inicios de 2008 y que en junio de 2008 estaban ya en el 5,43%. En España, un país donde la mayor parte de las financiaciones, tanto de particulares como de empresas, están establecidas con tipos referenciados al Euribor, cada mes veíamos en la prensa (poner el color que se desee) “las hipotecas subirán N euros cada mes”, similar a lo que se está volviendo a leer ahora. Ante esta incertidumbre (riesgo) las entidades financieras vieron la posibilidad de comercializar un producto objetivamente bueno.

El problema no está en el producto, sino en cómo se formuló y como se comercializó. Se plantearon productos de alta complejidad y poca transparencia. En el caso de empresas, hay situaciones incluso de renovaciones de financiaciones que tenían como condición previa exigida la firma de este tipo de contratos. Y eran contratos que cuando se analizaban en profundidad (porque un análisis simple no permitía ver cuales eran las coberturas efectivas), manifestaban unas condiciones no equilibradas en el sentido en que es muy difícil que efectivamente pueda llegar producirse el riesgo que se pretende cubrir, es decir, difícilmente los tipos llegaran a una situación en que el riesgo llegara a materializarse, con lo que la entidad financiera siempre realizará cargos, y difícilmente abonos. Además, los contratos se establecían a largo plazo, y con duras penalizaciones en el caso en que el cliente quiera denunciar el contrato. En conclusión, acaba siendo el contrato de un seguro de incendios (objetivamente bueno) de una casa en la Luna (donde no puede haber incendios al no haber oxigeno) y sin posibilidad de denunciarlo en varios años, salvo con una grave penalización.

Hace pocos días asistía a una conferencia de EFPA-España sobre el tema de los swaps y las últimas sentencias dictadas en España y en Europa sobre las situaciones abusivas que se han dado alrededor de cómo fueron vendidos hace 3 o 4 años, tanto a particulares como a empresas. El ponente, un prestigioso jurista, comentaba como, en la declaración delante de los jueces, los responsables de oficinas que habían vendido el producto no eran capaces de explicar en qué consistía la operación que habían planteado.

Por la transposición de la normativa MIFID, en lo referente a la exigencia de transparencia en las recomendaciones al cliente(persona física) y la advertencia del riesgo del producto que se está contratando, ya hay sentencias condenando a las entidades financieras. Mal final para un buen producto.

Otro tema es el caso de las empresas. En Alemania, el Tribunal Supremo ha condenado a una entidad financiera en una demanda de una empresa. Por el momento, en España se considera que una empresa siempre tiene responsables con el suficiente conocimiento financiero como para poder decidir sobre las operaciones que se firmen. Y cualquier otro tipo de presión para la firma del contrato es algo difícilmente demostrable o argumentable.

¿Hubo mala fe? ¿Hubo un error en la estimación de hasta dónde podían llegar los tipos a la hora de definir los límites de la operación? Aclarar esto no es el objetivo de este comentario.

Si miramos las ofertas que a día de hoy se plantean en el mercado, no hay duda de que la transparencia es mayor. Una propuesta que tengo encima de la mesa de una gran entidad. Un SWAP a 5 años, sobre el Euribor a 1 año, al 3,58%. Es muy clara. El coste inicial es zero. Si el Euribor, en una fechas determinadas durante los próximos 5 años, está por encima del 3,58%, el banco me abonará la diferencia. Si está por debajo, yo deberé pagar la diferencia. El resultado es claro: el tipo que pagaré, esté como esté el Euribor, será el 3,58%. Ya no hay ni incertidumbre ni riesgo, porque el tipo está cerrado. Si cierro la operación ¿Tendré que hacer pagos? Es posible que sí el primer y segundo año, pero yo creo que los otros tres los tipos serán superiores, y recibiré abonos. Pero el tema importante no es si pagaré o cobraré. El tema es que ya hoy sé cuánto me costaran las financiaciones. Y que puedo cerrar la partida de costes financieros en mis presupuestos.

¿Cuál es la gran diferencia frente a situaciones que se dieron hace 2 o 3 años? La transparencia. La operación propuesta es clara, transparente y fácilmente evaluable. Si no incorporamos variables de presión en la negociación, no deseables ni éticas, el responsable financiero de una empresa puede tomar la decisión de una forma lógica.

O sea, una buena herramienta con mala prensa.

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