Cuando se habla de los problemas de la economía de nuestro entorno, los temas son recurrentes. Para no hablar de “crisis”, hablamos de “necesidad urgente de reforma”: del sistema financiero, de las finanzas públicas o del mercado de trabajo.
Se supone que, tras todas ellas, se animará el crédito a las empresa y particulares y con ello las empresas actuales, y emprendedores voluntariosos, volverán a crear puestos de trabajo, y así entraremos en el círculo virtuoso: crédito – puestos de trabajo – consumo – inversión – ingresos públicos – estabilidad de las cuentas públicas – crédito.
Pero esto se parece a esas películas de intriga donde un hábil guionista logra encadenar con virtuosismo tres o cuatro situaciones imposibles para que el protagonista al final logre su objetivo. Es casi un cuento de la lechera: la quinta derivada. Y sobre todo, en esta historia hay un elemento que no puede dictarse por Decreto/Ley, y es como dotar de confianza a los actores económicos. Y no hablo de los bancos, los sindicatos, las patronales o los Ministerios. Hablo de la gente de a pie y de las empresas. La gente que consume, ahorra o invierte.
En estos años, nos hemos “cargado” la confianza de toda esa gente de a pie.
Los ahorradores no se fían de las entidades financieras. Tras las “Rumasas” la “última” ha sido el tema de las participaciones preferentes. Algunas entidades confundieron “Cliente Preferencial” con “Cliente al que hay que colocarle preferentes”. Por ahora no se ha oído ni una sola palabra de disculpa por parte de quien lo vendió. Un periódico salmón informaba el sábado, en una pequeña nota a pie de página, que un banco nacional había ganado 100 millones de euros con la conversión de preferentes. Quizás por eso, la mitad del ahorro familiar está en depósitos y cuentas, que es algo claro y tangible. Y está ahí por desconfianza, no por rentabilidad.
Las empresas no se fían de las entidades financieras. Lo que antes eran parabienes y saludos, ahora son aumentos de costes y recortes de crédito muchas veces sin justificación explícita.
Las entidades financieras no se fían ni de los clientes (no hay financiación) ni de las otras entidades (no hay mercado interbancario y el dinero se queda en el BCE).
Los proveedores no se fían de los clientes. Una morosidad creciente (y hablo de morosidad, no de plazos más o menos largos, que es otra cosa) ha hecho que la desconfianza genere recelos entre ellos, exigencias de pagos al contado, u operaciones que no se hacen porque no hay seguridad de cobro.
El Gobierno Central no se fía de los Gobiernos Autónomos, y les fija estrechos controles en la gestión de sus presupuestos. Si el director de cualquier departamento de una compañía privada hubiera autorizado los excesos sobre presupuesto que se han dado en las arcas públicas (QUE SON DE TODOS) hace meses que estaría de patitas en la calle. Siempre creí que el mejor ejemplo de control presupuestario (y de contabilidad presupuestaria) era la del sector público. Cuerpos de élite (tribunales de Cuentas, interventores, secretarios municipales) que habría que preguntarse que han hecho estos años. Más desconfianza.
Las empresas no se fían del poder ejecutivo. Este tiene en su mano el BOE y nadie sabe por dónde va a salir en los próximos meses, con lo que planificar pasa a ser un ejercicio más difícil aún, con muchas más variables incontrolables.
Las empresas no se fían de la justicia, a quién van a reclamar en el área social o en el área mercantil. Sigue siendo válido el aforismo: “Vale más una mala solución que un buen pleito”, y la última reforma laboral (la del gobierno anterior) es un buen ejemplo (que los particulares no entiendan a la justicia estos días y ciertas decisiones que se toman o situaciones que se juzgan no creo que sea objetivo de este blog, pero tampoco añade confianza).
O sea, que nadie se fía de nadie. Y se dedica más tiempo a mirar hacia atrás, por encima del hombro, (¿me darán otra puñalada?), que a mirar hacía adelante.
En un entorno de desconfianza es muy difícil hacer planes de futuro y tomar decisiones, que siempre comportan riesgo, porque siempre el futuro está por escribir.
¿Y qué medios hay para recuperar la confianza? Esto es algo difícil, que no se logra a corto plazo, y que exige una premisa básica: TRANSPARENCIA.
Transparencia de la entidad financiera con el ahorrador (qué le ofrezco y qué obtendrá, sin letra pequeña); de la entidad con las empresas (qué les pido, por qué doy, por qué deniego); transparencia de los proveedores con los clientes (que garantías quieren, que garantías ofrecen); transparencia del legislador con los ciudadanos (leyes claras y concretas); transparencia de la justicia con los administrados (que se aplique la ley, no la “interpretación” de la ley).
Pero tras 4 años (vamos para 5) destrozando esa confianza, en un ejercicio de “salvase el que pueda, y el último que apague la luz”, la tarea no va a ser fácil. Y la confianza ni en un año ni en dos se recupera.
Y no será porque el “material” es malo. A pesar de las duras medidas fiscales, no previstas, aplicadas, el actual gobierno prácticamente no pierde apoyo de la población. La gente sigue esperando que se tomen las medidas, por duras que sean, para que las cosas vayan mejor.
Así que, cuanto antes, pongámonos a trabajar. Solo se pide acción y transparencia.












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