Hace unos días, volví a encontrarme en un artículo unos comentarios sobre la máxima de Sócrates “Solo sé que no sé nada”, y sobre “el saber y el no saber”. El autor diferenciaba los niveles de conocimiento en cuatro fases:
“No sé que no sé” El niño de 3 años que va en un coche. Cree que se conduce solo.
“Sé que no sé” El niño, ya con 15 años, es plenamente consciente de que no sabe conducir. Y quiere aprender.
“Sé que sé”. Con 18 años, el joven acaba de aprobar su carnet de conducir. Ya sabe conducir, y es consciente de ello.
“No sé que sé”. Con 30 años, cuando llega a casa tras aparcar el coche, no recuerda ni cuantas veces ha cambiado de marcha o cuantas veces ha tenido que poner el intermitente en su trayecto desde la oficina. Lo ha automatizado.
Y esto, que parece muy obvio, cuando se aplica a la gestión de las empresas, o algunas decisiones de los particulares, tiene un efecto muy especial.
Cuando los gestores de empresas no conocen un riesgo no lo gestionan. Y es simplemente que “no saben que no saben”. La gestión de los riesgos de tipos de interés es un claro ejemplo. Si no se conoce el riesgo, y no se es consciente de él. Muchos empresarios han tomado decisiones de inversión muy arriesgadas, y como “no sabían que no sabían” de ese tema, al final se sienten engañados. Porque si no sabes y todo va bien, eres como el niño en el coche: te crees que va solo. Pero si sale mal, la sorpresa te supera ¿Qué está pasando? ¿Por qué los bancos me niegan el crédito? ¿Por qué los clientes no me pagan? ¿Por qué mi producto ya no se vende como antes?
Cuando un gestor de empresa actúa como tal, es cuando no se da cuenta de lo que no sabe. Conozco a un exitoso empresario que me decía: “Una de las mayores razones del éxito de mi empresa es saber lo que no sé, y fichar a buenos profesionales para que cubran esas áreas”. Y si se es proactivo, se buscará o formación personal, o contratar a buenos profesionales. De alguna manera, hablaríamos de humildad.
El siguiente estado puede ser peligroso. Cuando hablo con algún empresario que me dice “¡A mí me va a explicar Ud. algo de mi negocio!”, pienso que solo se puede deber a dos posiciones: O a alguien extremadamente proactivo, y que en realidad correspondería al estadio anterior (cada día estoy aprendiendo o desarrollando nuevas cosas en mi negocio), o a alguien que cree que ya lo sabe todo, y se está durmiendo en sus laureles.
Y llegaríamos al cuarto nivel. Algo que en el momento actual difícilmente se puede dar. Hoy un empresario no puede ir con “el piloto automático”. En un entorno tan cambiante como el actual, donde cambian las preferencias y necesidades del cliente, donde la competencia puede aparecer en cualquier momento lugar, donde en muchos sectores las barreras de entrada han caído o pueden ser superadas por actores globales, ir con el piloto automático, actuando como se hacía solo tres o cuatro años atrás, es prácticamente incompatible con asegurar la pervivencia de la empresa.
Así que podemos asociar cada uno de estos cuatro niveles a una virtud o pecado: la inocencia, la humildad, la soberbia y la pereza.
La empresa es un ser vivo, en un entorno cambiante, y por lo tanto con nuevos riesgos que aparecen constantemente. Y además son riesgos que se asemejan a esos virus mutantes, como la gripe, que cada año son diferentes. Conocerlos es la única manera de poder tomar medidas para gestionarlos. Y eso implica ser conscientes permanentemente de que “no se sabe, y hay que aprender”.
Dentro de unos días, he de participar en un Congreso donde uno de los temas a tratar será la cultura financiera del país. Hoy se habla mucho de participaciones preferentes, y en otros momentos se ha hablado de hipotecas, de swaps y de “pagarés Rumasa”. Algunos dirán que ha habido bastante de engaño. Pero no se puede negar que había bastante de “no sé que no sé”. Al no saber, un resultado negativo genera sorpresa, decepción y lo peor de todo, DESCONFIANZA. Y, sin duda, un mayor nivel de cultura financiera a nivel de calle ayudaría a racionalizar más, a nivel de los ciudadanos de a pie, el análisis de la situación económica, la repercusión de las medidas que están tomando, y podría generar una mayor confianza (o no) en su efectividad. Porque si no se sabe, lo que se oye no se entiende, es solo “ruido” y no “mensaje”.
Pero a nivel empresarial, no preocuparse en saber lo que no se sabe, o dar por hecho que se sabe todo, o ir con el piloto automático, es simplemente suicida. Y fácilmente lleva a querer esperar que otros, vía BOE, nos arreglen los problemas que nosotros hemos de saber detectar, gestionar e intentar resolver.












Totalmente de acuerdo con el post.
Yo no sé si este mal endémico tiene algo que ver con el clima de España o con el “savoir faire” que nos caracteriza como país pero sin duda la actitud “lárguese usted de mi despacho, ni tiene ni puñetera idea de lo que esta diciendo” ha hecho mucho daño tanto en términos empresariales como sociales. Afortunadamente ésta mala actitud parece ir poco a poco en descenso.
Un saludo.
Poco a poco, vamos cambiando. pero eso necesita una o dos generaciones. Una , creo yo, ya la hemos pasado.